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Piscina, mar y lentillas: el trío que tus ojos no perdonan

El agua es la protagonista del verano, y también de buena parte de las molestias oculares de esta época. El cloro de las piscinas irrita la superficie del ojo y arrastra la lágrima que lo protege, dejándolo enrojecido y con sensación de arenilla; el agua de mar añade el efecto de la sal; y en aguas concurridas aumentan las conjuntivitis infecciosas, muy contagiosas en entornos de baño.

El consejo más importante es para quienes usan lentes de contacto: no te bañes con ellas, ni en la piscina, ni en el mar, ni en la ducha. La lentilla actúa como una esponja que atrapa microorganismos presentes en el agua, y algunos pueden causar infecciones de la córnea dolorosas y de tratamiento largo que llegan a comprometer la visión. Si no quieres renunciar a ver bien dentro del agua, las gafas de natación graduadas son una alternativa excelente; y si te bañas con lentillas por descuido, retíralas cuanto antes, deséchalas si son diarias y no las enjuagues nunca con agua del grifo.

Para el resto, unas gafas de natación de buen ajuste evitan la mayoría de irritaciones, y las lágrimas artificiales sin conservantes ayudan a recuperar la superficie ocular tras el baño y a combatir la sequedad que provocan el aire acondicionado y el viento.

¿Cuándo consultar? Si el enrojecimiento dura más de 48 horas, hay secreción, dolor o la luz molesta, acude cuanto antes a tu médico u oftalmólogo, y si estás de vacaciones y no puedes localizarlo, no esperes a la vuelta: distinguir una simple irritación de una infección requiere valoración profesional, y en los casos con dolor intenso o pérdida de visión lo indicado es acudir a urgencias del hospital más cercano.

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